EMILIO J. SÁNCHEZ: Factorías de exámenes

El Nuevo Herald, 03/31/2015 10:00 AM

Por estos días hay un gran debate en Europa sobre la reforma educativa. Afloran en la prensa los numerosos casos de escuelas primarias y secundarias que han decidido no aplicar exámenes ni orientar tareas dentro de su nuevo modelo pedagógico. Las más innovadoras del orbe —en España, Suecia, Francia, Japón, Inglaterra, Islandia— los han eliminado. Y en toda Finlandia, que desde años ocupa un lugar cimero en educación, no hay exámenes obligatorios; salvo uno, al final del último año de la escuela secundaria.

En contraste, muchos estudiantes de la Florida tendrán en este curso escolar cerca de 20 exámenes, entre estandarizados y no estandarizados. Pero no solo es la producción en serie lo que asemeja a las escuelas con las factorías; es, sobre todo, su fin mercantil. Porque está claro que los exámenes estandarizados (diseñados y evaluados por afortunadas compañías) han devenido un pingüe negocio, donde también se entrelazan intereses políticos.

El FCAT (Florida Comprehensive Assessment Test) fue aprobado por el estado e impuesto contra la voluntad del 100 por ciento de los maestros. El dislate se extendió por 16 años: demasiado tiempo como para pensar que fue un error. El FCAT no dejó un buen recuerdo, pero sí enriqueció a Pearson, una megacorporación que obtuvo $254 millones en cinco años.

Para confirmar una vez más que “money talks”, ahora se estrena un nuevo examen estandarizado, el FSA (Florida Standards Assessment Test). Según los maestros, resulta muy difícil y largo, pero ya el estado ha otorgado un contrato de $220 millones para que la compañía American Institutes for Research diseñe y tabule las pruebas los próximos seis años. Llover sobre mojado… Lluvia ácida.

La situación se tornó tan escandalosa, que en marzo el propio gobernador Rick Scott ordenó una investigación y pidió reducir la cantidad de exámenes. Por entonces, la comisionada de Educación Pam Stewart recomendó a los distritos, que han adicionado otros exámenes, no hacerlos si el único propósito era evaluar a los maestros. Stewart sugirió, asimismo, que se ofreciera información sobre los progresos de los alumnos a maestros y padres, pues hasta ese momento se consideraba “restringida”.

En este contexto, proponer eliminar los exámenes al estilo europeo podría interpretarse como herejía. No obstante, ya se escuchan voces críticas.

Un reciente artículo de la revista de la National Education Association (NEA) aludía a esta “obsesión por los exámenes”, que ha obligado a los educadores a enfocarse en estos —y no en el conocimiento—, relegando asignaturas fundamentales como artes visuales, música, estudios sociales y ciencias (para no mencionar los idiomas, tradicionalmente arrinconados).

Su autor, Tim Walwe, se queja de que las escuelas se han convertido en verdaderas “factorías de exámenes” (The Testing Obsession and the Disappearing Curriculum, septiembre de 2014). Según Walwe, el fracaso escolar de millones, resultado de exigencias desmedidas en los tests, es el pretexto en el que se basan quienes buscan desmantelar la escuela pública y justificar la corriente de charters schools y vouchers, tan cara a Jeb Bush.

Un reciente informe afirma que las escuelas emplearán el 10 por ciento del tiempo de clases en exámenes (Sunshine State News, 26 de marzo). Además, su alto costo es enorme: computadoras, banda ancha, programas, diseño y tabulación. Mientras tanto, los distritos escolares ajustan el presupuesto a costa de programas académicos. Lo más importante, sin embargo, es que semejante obsesión ha transformado la escuela tradicional en un boot camp para examinarse exitosamente. Los maestros han perdido el control de sus aulas y han sido obligados a cederlo a un conglomerado orwelliano enfocado en la obtención de ganancias.

Por suerte, la Testing Obsession ya ha colmado la paciencia de padres y maestros. A fines del 2014 hubo manifestaciones en contra de los exámenes estandarizados en Nuevo México, Oklahoma, Nueva Jersey, Pensilvania, Virginia, Rhode Island, Florida, Texas y Mississippi. Ojalá no tengamos que esperar otros 16 años.

Periodista, exprofesor universitario.

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