EMILIO J. SÁNCHEZ: Ser o no ser… ¿bilingüe?

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El Nuevo Herald, 06-07-2015

Hace algunos años, durante una plática en la redacción de el Nuevo Herald, un colega se ufanaba de la integración de sus hijos al melting pot. “Se sienten tan americanos, ¡que no saben hablar español!”, concluía con una enorme sonrisa. Lamentablemente, este no es un caso aislado de torpeza mental.

Muchas familias hispanas sufren el síndrome del inmigrante vergonzante; asocian el idioma español con los pesares que dejaron en sus países de origen. Hablar inglés —y acaso olvidarse del español— es signo de progreso, movilidad social, mejoramiento de estatus. Más allá de la comida típica, no les interesa mantener viva su cultura. Cuando se dirigen a sus hijos, estos le contestan en inglés. No habría que esperar a la tercera generación para ver desaparecer el idioma autóctono: en la segunda ya es un hecho.

Tradicionalmente se afirma que Miami es una ciudad bilingüe porque la mayoría de la población es hispana. Es cierto que se habla mucho español, tanto que esta es quizá la peor ciudad en el mundo para aprender inglés. Con todo, si entendemos por bilingüismo el dominio de dos idiomas (hablar, leer y escribir), deberíamos reconocer el espejismo: somos bastante bilingües (al menos una parte de la población) pero no lo suficiente. Algunos sostienen que lo son aunque su español escrito es pésimo. ¿Y qué decir de los que exhiben un español de carretoneros, mal pronunciado, peor construido y plagado de muletillas y jerga marginal?

Así pues, allí donde exista, se trata de varios niveles de bilingüismo. Ahora bien, con independencia del interés o desinterés de los padres, es responsabilidad del sistema escolar garantizar, mediante programas bilingües, un nivel básico de suficiencia en el que el estudiante sea capaz de manejarse en otra lengua. Digamos, sostener una conversación sencilla, entender lo que escucha y lee, y eventualmente poder escribir, al menos, una carta.

 Todos aplauden el estudio de idiomas. Para un graduado, poseer varias lenguas deviene un asset (activo) que le otorga más posibilidades de obtener trabajo en el mundo globalizado. Pero, además, ello significa el privilegio de entrar y salir en diferentes culturas. No solo se trata de que los muchachos puedan conectarse con los abuelos o la familia lejana; ni siquiera que tengan más opciones laborales: el bilingüismo, bien aprovechado, puede aportar una vida más rica desde el punto de vista espiritual.

Sin embargo, mientras la enseñanza de idiomas siga relegada en Estados Unidos nuestros profesionales no podrán competir con los de otros países. Un reciente artículo publicado en la revista The Atlantic se quejaba de la subestimación hacia los idiomas y refería que menos de un 1 por ciento de los adultos estadounidenses son competentes en una lengua extranjera impartida en la escuela. (Amelia Friedman, America’s Lacking Language Skills, 12 de mayo de 2015).

A pesar de las apariencias, la Florida no es una excepción. Ello se manifiesta no solo en la escasez de fondos sino también en las erradas decisiones administrativas a escala local. No hay que asombrarse, por tanto, de que los programas bilingües no funcionen. Y con la insistencia del distrito en imponer el programa Idioma Extranjero Extendido (EFL), que hace aguas por todos lados, tampoco se aprovechan los recursos asignados ($13 millones anuales, según el superintendente Alberto Carvalho).

Ultimamente ponderar el bilingüismo se ha hecho un lugar común entre funcionarios escolares, empresarios, académicos y periodistas. Pero seamos francos: si de verdad fuera importante, eso se reflejaría en el currículo de enseñanza. Si los maestros no necesitan calificación para enseñar un idioma (y se les suministra un milagroso waiver), no lo es; si los estudiantes afroamericanos quedan excluidos, no lo es; si alumnos de Secundaria y High School deben conformarse con computadoras en vez de docentes, no lo es. Y, por favor, basta de repetir que hay falta de maestros bilingües para tapar las deficiencias: no es cierto y, además, resulta ofensivo en un condado con tantos profesionales capaces.

En otros estados han decidido buscar maestros en el extranjero. Hasta ahora no he visto ningún anuncio en este diario solicitando profesionales bilingües que deseen convertirse en maestros con un salario de $40 mil anuales. Estoy seguro de que se presentarían miles de candidatos.

Periodista, exprofesor universitario.

emilscj@gmail.com

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