EMILIO J. SÁNCHEZ: El gran negocio de los libros escolares

  • Megaeditoriales se reparten el mercado de libros escolares
  • Se pagan elevados precios por libros que se descartan muy rápido
  • Los textos que se van a usar los eligen los administradores, no los maestros
libros-dinero
El Nuevo Herald, 26 de noviembre, 2015
Al inicio del curso escolar este diario informó que el distrito emplearía más de cuatro millones de dólares en perfeccionar el currículo de enseñanza, la mayor parte de los cuales se dedicaría a libros.

Aunque se desconoce, ya avanzado el calendario, si la promesa fue cumplida, es muy encomiable el propósito de habilitar adecuadamente las aulas. Muchos maestros se quejan de que no disponen de textos, de que son obsoletos y no se ajustan a los programas. Más de uno ha prescindido de él y empleado otros recursos. El libro, sea impreso o digital, siempre será un instrumento imprescindible de la enseñanza.

 Con todo, dedicar millones de dólares a libros exige preguntar: ¿Aprovecharán alumnos y maestros semejante inversión? ¿Cuánto durará su tiempo útil? ¿Y cuál es la empresa que se beneficiará en esta transacción? ¿Quiénes son sus propietarios?

Los libros escolares constituyen un pingüe negocio en el país. Tres grandes corporaciones se reparten el mercado: Pearson, McGraw-Hill y Harper Collins. No se trata de editoriales sino de MEGAEDITORIALES. El caso de Pearson resulta paradigmático. La compañía emplea cerca de 40,000 personas en todo el mundo y en ocasiones llegó a gastar alrededor de $1 millón en cabildeo en el Congreso, y una cantidad similar en los estados.

Asombrosamente, su división de educación, por sí sola, hace más dinero que otras editoriales mundiales. Dos años atrás reportaba ingresos anuales de $500 millones solo en este país. Pearson está en todo y ofrece de todo: manuales, libros de trabajo, ejercitación para exámenes, evaluación de maestros. Y ha demostrado poseer una gran expertise para agenciarse contratos.

 Una extensa y enjundiosa investigación de la publicación Politico de febrero del 2015 (Stephanie Simon, No profit left behind) reveló que directivos de la University of Florida habían desechado ofertas competitivas relacionadas con un proyecto de educación en línea y, a pesar de que Pearson no había tenido buenos resultados en una encomienda anterior, la seleccionaron. Así, la compañía consiguió un nuevo contrato por 10 años por un valor de $186 millones.

Los distritos adquieren, a precios elevados, textos que poco tiempo después descartan. Por ejemplo, un juego del programa de lectura Wonders, de McGraw-Hill cuesta $1,000 en un sitio de internet. ¡Mil dólares! Y los libros por separado pueden rondar los $100. Días atrás hojeé la Guía para el maestro de esa colección (más de 400 páginas) y puedo asegurar que ningún docente en su sano juicio la utilizaría, porque resulta tan complicada, que agobia solo asomarse a sus cuadros, esquemas y flechas de colores. La docena de doctores que la elaboró o avaló con firmas —o el funcionario que la escogió– no tiene la menor idea del quehacer diario de un maestro.

Es predecible su destino. Los closets de las escuelas rebosan de libros inútiles, listos para reciclaje. Ahora, con la revolución digital, se utiliza menos el texto impreso, pero aparecen nuevos renglones de gastos: pizarras, computadoras, tabletas, plataformas y programas. Los recursos digitales disponibles son fabulosos, pero la posibilidad real de usarlos en clase son limitadas. Sencillamente, los maestros no disponen de suficiente tiempo, recargados con numerosos deberes burocráticos. Eso, desde luego, no importa a las editoriales, cuyo catálogo se amplía.

Tiempo atrás los libros no solo pasaban de un curso a otro, sino de una generación a otra. Es cierto que la producción de conocimientos avanza ahora a un ritmo inusual, pero pocos son los nuevos descubrimientos científicos que precisarían incorporarse de inmediato al currículo y menos aún al libro. En todo caso, no se justifica la periódica renovación, sobre todo en ciertas asignaturas (Math, Language Arts, Social Sciences, etc.).

Curiosamente, el maestro de aula permanece ajeno al largo y enrevesado proceso mediante el cual se favorece un título sobre otro, a una editorial sobre otra. Porque no son los usuarios quienes toman la decisión final de adquirirlos, sino los administradores.

¿Cómo es la sinuosa ruta? La Junta Escolar del estado emite una convocatoria para adoptar nuevos materiales académicos según ciertos requisitos. Entonces las editoriales presentan la solicitud para la licitación, elaboran los libros y envían las muestras. El comisionado de educación designa a los miembros de los paneles que revisan los materiales y hacen recomendaciones. Finalmente, la Junta determina cuáles son los que serán adoptados y pone a consideración de los distritos una corta lista de propuestas.

Este es el momento en que los representantes de las editoriales afortunadas zapatean el territorio buscando que sea su propuesta la elegida. El juego es al duro: no son miles de dólares, ni siquiera unos cuantos millones. Se trata de decenas de millones.

El distrito forma una comisión que selecciona, de entre la corta lista recibida, las colecciones que recomienda para adquisición. Pero solo la Junta Escolar local tiene la última palabra según el presupuesto, cuyos fondos asigna el estado. Por fin se firma el contrato… y el dinero fluye. Alivio y brindis.

Nadie propone la guerra a las editoriales, pues ellas tienen una importante misión cultural y educativa. Lo que urge es acabar con este derroche de dinero, simplificar el proceso de adopción y hacer que el libro se adecue más a la dinámica escolar. En el siglo XXI la escuela debería retomar la sencillez de otros tiempos, cuando un solo texto, que muchas veces teníamos que compartir, desataba nuestra curiosidad e imaginación.

Hay textos escolares que recordaremos toda la vida. Guardo en mi memoria los libros de Lectura de Alfredo M. Aguayo, el de Aritmética de Aurelio Baldor, el de Geografía de Leví Marrero… Pero no logro que mi hija, que estudia Medicina, me cite un solo título de sus años escolares.

Periodista, exprofesor universitario

emilscj@gmail.com

 

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