EMILIO J. SÁNCHEZ: El momento del recreo

  • Beneficios del receso escolar
  • Indisciplina, un mal crónico
  • Directores y maestros preocupados

El Nuevo Herald, 23 de mayo del 2016

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Hace 22 años, recién llegado a Estados Unidos, me recomendaron que el trabajo más apropiado para un emigrado —con poco dominio del idioma y desconocimiento del mercado laboral— era la enseñanza. Salario decoroso y mucha seguridad, argumentaron. Un maestro que me asesoraba en el tortuoso camino de la certificación me decía. “No te preocupes de las clases. Lo que se espera de ti es evitar que esos cabrones se maten entre sí”. Exageraba, supuse entonces.

Luego comprobé, al leer las noticias sobre violencia escolar (solo aquellas que cubre la prensa por su brutalidad), que mi mentor no estaba totalmente errado. La indisciplina y su manifestación más odiosa, la violencia, es uno de los problemas más graves que afecta a la educación.

 Más de 9 mil padres están pidiendo tiempo de receso escolar fuera del aula, y no les falta razón. Todas las investigaciones pedagógicas y sociopsicológicas coinciden en su conveniencia. El receso mejora la atención y memoria, facilita la interacción social e impacta positivamente en la salud física y mental de los estudiantes. Por cierto, los países con mejores resultados en las pruebas del Programme for International Student Assessment (PISA) —Finlandia y Corea del Sur— conceden 15-20 minutos de receso a media mañana y tarde. De igual modo, en la mayoría de las naciones de América Latina el horario de clases incluye, desde tiempos inmemoriales, un receso de 15-20 minutos al aire libre.

¿Cómo se explica entonces que en Estados Unidos los estudiantes de primaria y secundaria tengan cada vez más menos tiempo libre y el receso sea una rareza?

Un primer factor se atribuye a la obsesión por los exámenes, que la jerga burocrática llama accountability. Las iniciativas de George W. Bush con su No Child Left Behind Act, 2001, y más tarde Barack Obama con su Race to the Top, 2009, obligaron a la escuela a asegurar los maratones de pruebas y relegar el conocimiento. Para ello los funcionarios recortaron tiempo de descanso incluso en preescolar.

 Curiosamente, por estos días, cuando cierra el período de evaluación, queda poco por hacer, y los alumnos van a excursiones, juegan y ven películas. Así pues, desde mucho antes de las vacaciones de verano, los maestros ya no enseñan y los alumnos no aprenden. Es una especie de “recreo permanente” dentro de un programa que no halla lugar para incluirlo diariamente. ¡Vaya paradoja!

Pero el factor más importante que conspira contra ese descanso benéfico del recreo es la indisciplina, en este país un mal crónico. Los estudiantes estadounidenses son famosos por su mala conducta. En algunos barrios y ciudades más que en otros. Más en las escuelas públicas que en las privadas. Y frente a ese alumno grosero, petulante o abúlico, que desordena la clase, poco puede hacerse.

Mientras tanto, en algunas escuelas del condado la policía escolar es visita frecuente al menos una vez por semana. Las infracciones apenas se reportan para no afectar la imagen pública. En pocos países como en este el pedagogo tiene menos autoridad y prestigio, se halla más desvalido y devaluado. Y la mala calidad de la enseñanza y los malos resultados en competiciones internacionales están correlacionados con este azote, del que apenas se habla.

Al parecer, un maestro modelo no es aquel que destaca por su excelencia pedagógica o por su derroche de amor por los niños —¿quién se acuerda de Corazón, de Edmundo de Amicis?—, sino el que hace gala de control férreo de la disciplina. Y vale todo: desde gritos y amenazas hasta caramelos y stickers.

 Por eso a los directores de las escuelas les horroriza imaginar esa tromba de niños zumbando por los pasillos y arremolinándose en el patio de la escuela. No habría modo de controlar la disciplina, alegan mis amigos maestros. Y me invitan a que pase por el comedor escolar un viernes a la hora del lunch (siempre teniendo cuidado de que un pedazo de pizza no me caiga encima), en medio del barullo, las risas, la confusión y los empujones. Por cierto, algunos consideran que el comedor ha devenido salón de juegos, especie de sucedáneo del recreo, donde los infantes canalizan su energía sobrante.

Y luego está el temor a los accidentes, a las agresiones, al bullying, y su corolario: las demandas por responsabilidad civil. No quieren ser guardianes del orden en espacios abiertos, porque ya bastante tienen con hacerlo dentro del aula. Y aunque el Sindicato, como es habitual, no se pronuncia, ya advirtió por lo bajo de que protestaría o exigiría más dinero en el contrato si se extiende la jornada laboral de los docentes.

Los maestros también manifiestan otras preocupaciones. A la sombra de los rumores —el sistema de escuelas sigue exhibiendo su falta de transparencia proverbial— se ha dicho que, por cuenta del receso, peligran las clases de idiomas, artes y música. En otro lugar este temor se descartaría de inmediato por disparatado, pero en el distrito se convive con el dislate [repárese en el desastre del llamado Idioma Extranjero Extendido (EFL) o la virtual desaparición del programa Inglés para hablantes de otros idiomas (ESOL)]. A los funcionarios del distrito escolar bien podría ocurrírseles cerrar la disputa iniciada por las madres de Key Biscayne mediante recortes de asignaturas no evaluables en exámenes estandarizados.

En conclusión, la demanda por receso escolar, aunque fundamentada y justa, enfrenta obstáculos reales de tipo logístico y burocrático. Comparada con los problemas más gruesos de la escuela (indisciplina, violencia, acoso, deserción, ausentismo, fraude y fracaso escolar), podría hasta parecer frívola. No lo es, en tanto expresión de una disfuncionalidad mayor: la crisis de la educación. Diane Ravitch, exsubsecretaria de educación del gobierno de George H.W. Bush, estima que la raíz de tal crisis es la paulatina privatización de la enseñanza, enfilada a desmantelar la escuela pública y favorecer a las corporaciones.

 Recuerdo con cariño a mis maestros. Pienso en Nélida Año, maestra de segundo y tercer grados. Menuda, con su pelo recogido y su rostro adusto, repartía reglazos con pericia de esgrimista si alguno se dispersaba o echaba una broma inadecuada. En aquella escuela pública del Central Agramonte, en Camagüey, aprendimos —mucho y bien— español, aritmética y civismo. Y cuando sonaba la campana, salíamos al recreo felices y en tropel.

No había momento más esperado.

Periodista, exprofesor universitario.

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