El exito educativo de Finlandia

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A usted puede no simpatizarle el cineasta Michael Moore, pero coincidirá conmigo en que hay que agradecerle por compartir su asombro.

Moore trata de entender las causas del milagro educativo de Finlandia. Décadas atrás compartía con Estados Unidos uno de los últimos lugares en el mundo; hoy ocupa el primero, mientras que EEUU sigue en el furgón de cola.

Entre los secretos revelados por funcionarios maestros y alumnos:

  • Prácticamente, no ho hay tarea
  • Promedio de 20 horas semanales (4 por día)
  • No existen los exámenes estandarizados
  • No hay escuelas privadas ni charter schools
  • Estudiantes dominan dos idiomas, aparte del finés

Para descubrir otros secretos, pulse aquí.

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EMILIO J. SANCHEZ: Alajuelita y el asset del plurilingüismo

  • La ventaja de dominar varios idiomas
  • El hogar, clave en el desarrollo lingüístico
  • Estudiantes de Medicina van a Costa Rica

El Nuevo Herald, 4 de julio del 2016

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El prejuicio contra el inmigrante (el extraño-extranjero) se pierde en la historia de los tiempos. Ahora resurge tanto en los alegatos de Donald Trump a favor de un supermuro en la frontera como en el triunfo del Brexit en el Reino Unido.

Tal prejuicio pudiera estar detrás de las críticas de angloparlantes a los defensores del bilingüismo, aquí en Miami. También pudiera explicar el temor (¿complejo?) de ese recién llegado a que sus hijos se rezaguen; de ahí la ansiedad por que aprendan rápidamente el inglés, aun a costa de olvidar el idioma de sus abuelos. La incapacidad para hilar una frase coherente en español es vista por algunos como ejemplo de integración exitosa al melting pot.

Me apena que mis congéneres no reparen en las múltiples ventajas de dominar varias lenguas. Al menos, me conformaría con que se fijaran en su aspecto más utilitario. Por ejemplo, el español ha devenido la segunda lengua más hablada en el mundo (después del mandarín) y la segunda en el área de negocios (después del inglés). Así, un médico que pueda hablar correctamente el idioma de sus pacientes tendrá muchas más oportunidades de trabajo y avance profesional y, sobre todo, le será más fácil y gratificante cumplir el cometido para el que se formó. Y esto pudiera aplicarse a otras profesiones.

Misión médica en Costa Rica

Mi hija estudia Medicina y este verano participará en una misión en Alajuelita, en Costa Rica. Es una iniciativa exclusiva de los estudiantes en coordinación con la Foundation for International Medical Relief of Children (FIMRC), que mantiene clínicas en lugares donde existen grandes necesidades. En esa comunidad tica, al sur de San José, miles de niños nicaragüenses y costarricenses carecen de atención médica.

Por ser bilingüe y voluntariosa le encargaron que organizara el proyecto. Y una vez allí tendrá la responsabilidad de lidiar con la contraparte local y servir de intérprete a sus condiscípulos de Camerún, Canadá, Brasil y Estados Unidos, que no hablan español.

Pues bien, cuando Laura llegó a este país con 8 años sus padres quisieron que preservara su idioma y, de ser posible, que aprendiera otro, además del inglés. Hoy se desenvuelve perfectamente en inglés y español y lo hace muy bien en francés, al menos así lo demostró durante el recorrido que hicimos, años atrás, por varias ciudades de Francia. ¿Cómo se explica este resultado?

En casa, hablar en español

Durante sus años escolares en Silver Bluff Elementary siguió conectada a su idioma nativo mediante las clases de Spanish For Spanish Speakers y Curriculum Content in the Home Language —ambas opciones actualmente venidas a menos en los programas del distrito escolar. En lo adelante, desde la secundaria hasta el college, recibió clases de francés.

Con todo, lo verdaderamente decisivo ocurrió en el hogar, donde abundaban obras de la literatura hispanoamericana y diccionarios de inglés, francés, ruso, italiano, latín, griego. Vio cine y escuchó música de muchos países. La cultura hispana y universal no le fue ajena.

Sus padres se pusieron de acuerdo para que el español fuera el idioma de casa. Y fueron estrictos. Si ante una pregunta contestaba en inglés, le decían que no entendían, y que lo expresara en español. A la niña eso le contrariaba, en la medida en que el inglés era cada vez más el idioma del mundo exterior: escuela, amigos, entretenimiento. Pero en casa eran inflexibles: Spanish Only!

Cuando cumplió quince años, y a diferencia de sus amiguitas, no tuvo la tradicional Fiesta, con coreografías de parejas, cake de tres pisos y sesiones interminables de fotos (cada una con vestido diferente). Su regalo de quinceañera fue un viaje a España, donde comprobó la maravillosa fuente de donde procedía su cultura e idioma: Madrid, Toledo, La Mancha, Sevilla, Granada, Córdoba, Segovia, Valladolid. Recorrió el Museo del Prado, contempló el Guadalquivir, se extasió ante La Alhambra. Asistió a una corrida de toros en Las Ventas y disfrutó de La Leyenda del Beso en el Teatro de la Zarzuela de Madrid. Regresó, acaso sin saberlo, más hispana que nunca.

El plurilingüismo como activo

Ahora está muy entusiasmada con la misión médica, pues sabe que será relevante para su formación como profesional y ser humano. Allí en Alajuelita prestará un servicio y recibirá a cambio una experiencia imborrable. Y comprobará por primera vez el asset que representa dominar varios idiomas.

Los estudiantes se pagan sus boletos de avión y recaudan dinero para ayudar a la organización que los acoge. Las donaciones —provenientes de familiares y amigos— buscan cubrir alojamiento, alimentación, transporte y muchos de los costos de mantenimiento de la clínica de FIMRC. Mis lectores pueden pulsar en este enlace y participar en esta obra de amor en beneficio de los niños nicaragüenses y costarricenses; cualquier contribución, por mínima que sea, es bienvenida.

Mi hija habla de forma natural el idioma de Cervantes gracias al interés de sus padres y, sobre todo, de ella misma. Estoy seguro de que, cuando se gradúe, hallará con facilidad ofertas de trabajo en cualquier lugar de Estados Unidos y del mundo. En su mente no anida ningún prejuicio hacia el “otro”. Y, claro, es de esperar que sus hijos también hablen español.

Periodista, exprofesor universitario.

emilscj@gmail.com

EMILIO J. SÁNCHEZ: El momento del recreo

  • Beneficios del receso escolar
  • Indisciplina, un mal crónico
  • Directores y maestros preocupados

El Nuevo Herald, 23 de mayo del 2016

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Hace 22 años, recién llegado a Estados Unidos, me recomendaron que el trabajo más apropiado para un emigrado —con poco dominio del idioma y desconocimiento del mercado laboral— era la enseñanza. Salario decoroso y mucha seguridad, argumentaron. Un maestro que me asesoraba en el tortuoso camino de la certificación me decía. “No te preocupes de las clases. Lo que se espera de ti es evitar que esos cabrones se maten entre sí”. Exageraba, supuse entonces.

Luego comprobé, al leer las noticias sobre violencia escolar (solo aquellas que cubre la prensa por su brutalidad), que mi mentor no estaba totalmente errado. La indisciplina y su manifestación más odiosa, la violencia, es uno de los problemas más graves que afecta a la educación.

 Más de 9 mil padres están pidiendo tiempo de receso escolar fuera del aula, y no les falta razón. Todas las investigaciones pedagógicas y sociopsicológicas coinciden en su conveniencia. El receso mejora la atención y memoria, facilita la interacción social e impacta positivamente en la salud física y mental de los estudiantes. Por cierto, los países con mejores resultados en las pruebas del Programme for International Student Assessment (PISA) —Finlandia y Corea del Sur— conceden 15-20 minutos de receso a media mañana y tarde. De igual modo, en la mayoría de las naciones de América Latina el horario de clases incluye, desde tiempos inmemoriales, un receso de 15-20 minutos al aire libre.

¿Cómo se explica entonces que en Estados Unidos los estudiantes de primaria y secundaria tengan cada vez más menos tiempo libre y el receso sea una rareza?

Un primer factor se atribuye a la obsesión por los exámenes, que la jerga burocrática llama accountability. Las iniciativas de George W. Bush con su No Child Left Behind Act, 2001, y más tarde Barack Obama con su Race to the Top, 2009, obligaron a la escuela a asegurar los maratones de pruebas y relegar el conocimiento. Para ello los funcionarios recortaron tiempo de descanso incluso en preescolar.

 Curiosamente, por estos días, cuando cierra el período de evaluación, queda poco por hacer, y los alumnos van a excursiones, juegan y ven películas. Así pues, desde mucho antes de las vacaciones de verano, los maestros ya no enseñan y los alumnos no aprenden. Es una especie de “recreo permanente” dentro de un programa que no halla lugar para incluirlo diariamente. ¡Vaya paradoja!

Pero el factor más importante que conspira contra ese descanso benéfico del recreo es la indisciplina, en este país un mal crónico. Los estudiantes estadounidenses son famosos por su mala conducta. En algunos barrios y ciudades más que en otros. Más en las escuelas públicas que en las privadas. Y frente a ese alumno grosero, petulante o abúlico, que desordena la clase, poco puede hacerse.

Mientras tanto, en algunas escuelas del condado la policía escolar es visita frecuente al menos una vez por semana. Las infracciones apenas se reportan para no afectar la imagen pública. En pocos países como en este el pedagogo tiene menos autoridad y prestigio, se halla más desvalido y devaluado. Y la mala calidad de la enseñanza y los malos resultados en competiciones internacionales están correlacionados con este azote, del que apenas se habla.

Al parecer, un maestro modelo no es aquel que destaca por su excelencia pedagógica o por su derroche de amor por los niños —¿quién se acuerda de Corazón, de Edmundo de Amicis?—, sino el que hace gala de control férreo de la disciplina. Y vale todo: desde gritos y amenazas hasta caramelos y stickers.

 Por eso a los directores de las escuelas les horroriza imaginar esa tromba de niños zumbando por los pasillos y arremolinándose en el patio de la escuela. No habría modo de controlar la disciplina, alegan mis amigos maestros. Y me invitan a que pase por el comedor escolar un viernes a la hora del lunch (siempre teniendo cuidado de que un pedazo de pizza no me caiga encima), en medio del barullo, las risas, la confusión y los empujones. Por cierto, algunos consideran que el comedor ha devenido salón de juegos, especie de sucedáneo del recreo, donde los infantes canalizan su energía sobrante.

Y luego está el temor a los accidentes, a las agresiones, al bullying, y su corolario: las demandas por responsabilidad civil. No quieren ser guardianes del orden en espacios abiertos, porque ya bastante tienen con hacerlo dentro del aula. Y aunque el Sindicato, como es habitual, no se pronuncia, ya advirtió por lo bajo de que protestaría o exigiría más dinero en el contrato si se extiende la jornada laboral de los docentes.

Los maestros también manifiestan otras preocupaciones. A la sombra de los rumores —el sistema de escuelas sigue exhibiendo su falta de transparencia proverbial— se ha dicho que, por cuenta del receso, peligran las clases de idiomas, artes y música. En otro lugar este temor se descartaría de inmediato por disparatado, pero en el distrito se convive con el dislate [repárese en el desastre del llamado Idioma Extranjero Extendido (EFL) o la virtual desaparición del programa Inglés para hablantes de otros idiomas (ESOL)]. A los funcionarios del distrito escolar bien podría ocurrírseles cerrar la disputa iniciada por las madres de Key Biscayne mediante recortes de asignaturas no evaluables en exámenes estandarizados.

En conclusión, la demanda por receso escolar, aunque fundamentada y justa, enfrenta obstáculos reales de tipo logístico y burocrático. Comparada con los problemas más gruesos de la escuela (indisciplina, violencia, acoso, deserción, ausentismo, fraude y fracaso escolar), podría hasta parecer frívola. No lo es, en tanto expresión de una disfuncionalidad mayor: la crisis de la educación. Diane Ravitch, exsubsecretaria de educación del gobierno de George H.W. Bush, estima que la raíz de tal crisis es la paulatina privatización de la enseñanza, enfilada a desmantelar la escuela pública y favorecer a las corporaciones.

 Recuerdo con cariño a mis maestros. Pienso en Nélida Año, maestra de segundo y tercer grados. Menuda, con su pelo recogido y su rostro adusto, repartía reglazos con pericia de esgrimista si alguno se dispersaba o echaba una broma inadecuada. En aquella escuela pública del Central Agramonte, en Camagüey, aprendimos —mucho y bien— español, aritmética y civismo. Y cuando sonaba la campana, salíamos al recreo felices y en tropel.

No había momento más esperado.

Periodista, exprofesor universitario.

EMILIO J. SÁNCHEZ: Las perlas de sus bocas

Miami ha devenido un sitio peligroso para aquellos interesados en hablar y escribir correctamente… el idioma español

Diario Las Américas, 4 de marzo del 2016

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Esta ciudad es el último lugar del planeta que recomendaría para aprender inglés mediante inmersión total. Se corre el riesgo de que, al intentar balbucear alguna frase en ese idioma, la cajera del Publix no te entienda.

Lo que no se sabe, o se sabe poco, es que el condado ha devenido un sitio peligroso para aquellos interesados en hablar y escribir correctamente… el idioma español.

En una reunión reciente de periodistas, algunos dijeron que no leían El Nuevo Herald para no contaminarse de mal español. Fue un venenazo que produjo carcajadas, pero remolcaba una cuota de verdad.

Un amigo colecciona los gazapos del diario y, cada cierto tiempo, los circula por pura diversión. Últimamente ha dicho que, debido a la abundancia, no tiene tiempo para cazarlos todos.

Lo que el tiempo se llevó

O tempora, o mores! Hace quince años esto no ocurría. Existían suficientes redactores de mesa y reporteros. Aguzados correctores nos sacaban las castañas del fuego: detectaban disparates y hasta hacían recomendaciones de estilo.

El periódico invitó a Alexis Grijelmo, periodista y escritor español, a que dictara unos seminarios de redacción. Grijelmo era por entonces director periodístico de la cadena de periódicos locales y regionales del grupo Prisa y, de sus días en El Nuevo Herald se llevó un grupo de buenos y malos ejemplos que incluyó en su obra El estilo del periodista.

Recuerdo el enojo de Adela Junco y Pedro García Albela, nuestros dilectos correctores, cuando se escapaba algún error en los titulares de portada o si algún editor desoía sus recomendaciones. Para más, Adela publicaba una columna sobre el idioma español, Bien dicho, que era tan didáctica como amena. Tanto, que algunos amigos la coleccionaban. Por esa época el periódico ganó el Premio Ortega y Gasset.

Adiós a los correctores

Luego vino la crisis de la prensa y los recortes a mansalva. Los correctores fueron los primeros en ser despedidos. Ahora hay tan pocos editores, que no tienen tiempo de revisar ni pulir nada. “Apenas si me da tiempo para leer la nota’’, me comentó un excolega. No es todo: como hay menos reporteros se traducen más textos, pero, paradójicamente, con menos traductores. Así que todos los sobrevivientes están obligados a trabajar a marchas forzadas.

Y ya se sabe: el Spelling Check y el traductor de Google no son suficientes.

Parece difícil de creer, pero hay fines de semana en que solo dos personas —me dicen— han confeccionado el diario en español de mayor circulación en Estados Unidos. Es una proeza y un desastre.

Los veinte errores más comunes del español miamense

La radio no se queda detrás en esta malquerida competencia de incorrecciones, olvidos y dislates. Y no se diga que es una cuestión de forma y, por tanto, despreciable: ya de adolescentes aprendimos la indisoluble relación entre pensamiento y lenguaje.

Por eso el propio Grijelmo decía recientemente que las carencias no vienen solas, y que quien mejor y más claro se expresa es quien, por lo general, aporta los mejores argumentos.

Los comentaristas se cansan de incurrir, desde la mañana hasta la noche, en el “dequeísmo”. Fulano dijo de que…; mengano opina de que; yo considero de que… Sin embargo, cuando deben utilizar la preposición de (verbos informar, advertir y avisar), no lo hacen.

El uso incorrecto del verbo haber como impersonal está tan generalizado, que cansa rectificarlo. No se dice habían ocasiones, ni hubieron reuniones, tampoco habrán quienes… Debe decirse había ocasiones, hubo reuniones y habrá quienes…

Sucede igual con el leísmo. Le dijeron a los electores. Cuidado: lo correcto es Les dijeron a los electores.

Algunos insisten en ponerle una S  a la segunda persona singular del pretérito. Dijistes, hicistes, señalastes… Perdón, no se haga el fino: debe decirse dijiste, hiciste, señalaste.

Igualmente, yerra quien diga a nivel mundial, a nivel estatal, etc.; lo correcto es a escala mundial, a escala estatal; no diga hacer parte, sino formar parte, integrar. Aléjese de en base a lo analizado y diga mejor sobre la base de lo analizado.

La influencia del inglés es reconocible en oraciones como Fulano de Tal corre para alcalde; lo correcto: aspira a la alcaldía; evite hace sentido; diga tiene sentido; las decisiones no se hacen: se toman; no le dejas saber sino le haces saber, le avisas; el tema no es inmaterial sino irrelevante. Usted no cambia de mente (¡sería fantástico para algunos!), sino de opinión; la empresa no está basada en Miami sino radica en Miami. Es una pifia decir estaba supuesto; debe decirse se supone que

No diga actual si significa real; no diga figura si significa cifra, no argumento si significa discusión; no atendió si significa asistió.

Finalmente, no remueva a ese comisionado; sino ¡retírelo o quítelo, pero de una vez!

Figuras públicas malsonantes

El paroxismo llega, en televisión y radio, cuando entrevistan a voceros (de la policía, los bomberos, hospital X), políticos o fiscales. No solo articulan mal, sino que sus errores de sintaxis son espeluznantes. Llevan apellidos hispanos, pero parecieran hablar el español de los westerns B. ¿Admitirían los angloparlantes esa andanada de maltratos idiomáticos? No creo.

En un condado donde el 70 por ciento de la población es hispano, debería exigirse a estas figuras públicas un bilingüismo real (o un intérprete). Y si ya ocupan los puestos—y cuando niños preferían hablar y leer en inglés—, pues que tomen clases especiales. A fin de cuentas, en el 2015 nos enteramos de que los políticos locales van a la Universidad de Harvard a pasar cursos de administración a cuenta de los contribuyentes. Seguramente un taller remedial local no costaría mucho.

Me encantaría escuchar y ver, en lugar de anuncios sobre colchones y seguros médicos, este: “Se ofrecen tutorías de español a precios razonables. Especiales para voceros, políticos, fiscales… y periodistas”.

Periodista, exprofesor universitario
emilscj@gmail.com

EMILIO J. SÁNCHEZ: Periodistas, colchones y pregones

  • En los países occidentales se suele separar estrictamente la información, la opinión y la publicidad
  • El periodismo, a diferencia de otras profesiones, comporta una gran responsabilidad social
  • La credibilidad es un área compartida entre el medio y el periodista

El Nuevo Herald, 19 de enero del 2016

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¿Pueden imaginar una valla inmensa en Madison Avenue, Nueva York, con el rostro del influyente columnista Walter Lippman, ponderando las ventajas de un seguro de salud? ¿Conciben a Walter Cronkite anunciando colchones después de concluir su programa nocturno en la CBS? ¿Y qué tal Bob Woodward y Carl Bernstein, a dos manos, proponiendo risueños la asistencia de un abogado de bancarrota a toda plana de The Washington Post?

Alguno podrá argüir que esas figuras icónicas del periodismo estadounidense eran muy bien pagadas —lo cual es verdad—, por lo que no tenían necesidad de buscar ingresos adicionales; o que habían firmado un contrato de exclusividad.

La realidad es que en Estados Unidos existe un verdadero culto a los valores periodísticos. La defensa de la libertad de prensa y de expresión como pilar de la democracia ha estado acompañada de una acrisolada elaboración de normas y reglamentos de carácter ético (cuestiones morales) y deontológico (cuestiones morales específicas de la profesión).

Tales valores ya son patrimonio universal. La casi totalidad de los códigos de Ética y Deontología periodísticas de los países occidentales se adscriben a la separación estricta entre información, opinión y publicidad. Se supone que un periodista no milite en ningún partido ni haga activismo. Tampoco que preste su imagen, voz o texto para endosar un candidato, un dentífrico o un seguro médico. No debe aceptar regalos de cabilderos ni invitaciones a cenas que no pueda pagar.

Earl Maucker, director del Sun Sentinel, recordaba en una reunión de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) lo siguiente: un reportero viajó a Panamá para escribir un reportaje sobre el Canal. El gobierno puso a su disposición un helicóptero oficial que lo paseó todo el día por las instalaciones. Días después el departamento de relaciones públicas del gobierno panameño recibió un cheque —enviado por el Sentinel— con el monto de lo que se supone costaría el ride aéreo. Las cuentas claras y el chocolate espeso.

Casi desde sus inicios, el periodismo moderno fijó ciertas reglas: el público merece que se le presente, bien delimitados y sin trucos, el ámbito de la noticia, el de la opinión y el de la publicidad. Es cierto que, de un tiempo a esta parte, merced a la irrupción de blogs y redes sociales, hay cierta confusión entre géneros informativos y opináticos. Los infomerciales (reclamos disfrazados) pasan de contrabando y, en la búsqueda inescrupulosa de audiencia, se legitiman los rumores, se banaliza la información y toma preeminencia lo espectacular. Los noticieros de televisión abren con la nota roja y una masacre en un barrio puede provocar euforia entre los productores una hora antes de la emisión.

Ya se sabe que comparar a Miami con una “república bananera” —término acuñado por el escritor O. Henry y resucitado años atrás por Darío Moreno, de FIU— es una falsedad o, cuando menos, una exageración. Pero nadie niega que algunos fenómenos que vemos en nuestro condado (o de Broward hacia abajo, para ser precisos) no suceden en ningún otro lugar del país.

Aquí, donde el fraude es pan y noticia cotidianos, y la ética un producto bastante ignorado, hallamos esas abominables prácticas donde periodistas interrumpen un despacho sobre el último genocidio de Daesh para vocear las virtudes de un restaurante o resaltar la conveniencia de un plan médico. Nada ilegal, vale aclararlo, pero ciertamente cuestionable. “¿Dónde radica la falta?”, se preguntarán algunos. “¿Qué hay de censurable en que esa persona, tan inteligente, simpático e informado, nos haga tal recomendación y quizás se embolsille un salario extra?”.

El periodismo, a diferencia de otras profesiones, comporta una gran responsabilidad social. Los medios de noticias buscan ser independientes del gobierno, de los grupos de poder y de los anunciantes. Precisamente, la solvencia de un medio es la mayor garantía de su autonomía.

En el caso del anunciante, es lógico que desee sacar el máximo de su inversión. Por ello apuesta a que un profesional de prestigio —conocido, familiar— infunda confianza a su audiencia sobre las virtudes del producto o servicio. De ahí la tendencia del “presentador-anuncio”, que ha provocado rechazo en asociaciones y colegios de periodistas de tantos países.

No hay nada contra la publicidad; al contrario, ella cumple una importante y variada función en la sociedad y constituye aún la mayor fuente de ingresos de la prensa. Los anunciantes siempre son bienvenidos, siempre que no intervengan en las decisiones editoriales y sin que ello los coloque a salvo de la crítica.

Sin embargo, la credibilidad es un área compartida entre el medio y el periodista. Como se ha dicho, es lo más preciado que poseen ambos y su base es la independencia. Si existen compromisos externos, no son libres. Respaldar una empresa de productos o servicios compromete la credibilidad de uno y otro. Alguien podría pensar que, si el profesional vocea un anuncio, por interés propio o del medio de comunicación, también estaría dispuesto a omitir una noticia o edulcorarla. Aquí, de nuevo, el periodismo norteamericano sienta cátedra: trata de evitar no solo el conflicto de intereses, sino también su apariencia. O lo que es lo mismo: su potencialidad.

Mientras en otros sitios, el medio de noticias se cuida mucho de hacer publicidad indirecta, en Miami la hacen directamente y sin sonrojo (al público no parece preocuparle). Algunos auspician que escritores, artistas, cantantes y médicos promocionen gratuitamente libros, conciertos, obras y píldoras, respectivamente, sin justificación editorial ni cobertura crítica. Dejan así de ejercer como periodistas para tornarse relacionistas públicos o filántropos. Y eso ocurre ante la indiferencia o complacencia de los directivos.

Las redacciones no son inmunes a la corrupción. Por ello la necesidad de contar con reglamentos que establezcan mecanismos de vigilancia y control, y que sean bien claros al proscribir tales prácticas. También resulta necesaria la capacitación (palabra olvidada por los departamentos de Recursos Humanos), especialmente en la actualización sobre temas esenciales de la profesión y no solo tecnológicos o instrumentales. En tiempos de sobreabundancia e instantaneidad de la información, el debate sobre los retos éticos del periodismo se hace imprescindible.

Cada uno a su oficio. Para imágenes, las celebridades: Brad Pitt, Madonna, David Beckham…; para voces, las de un sinnúmero de locutores que asumirían gustosos la grabación de esos anuncios. El prestigio, bien ganado, del periodista no debería ser mercancía de cambio.

La prensa, en vez de anunciar colchones y amplificar pregones, debe trabajar por ofrecer información relevante para que el ciudadano tome decisiones ponderadas y se relacione orgánicamente con su entorno social. Lo demás es espectáculo y feria.

Periodista, exprofesor universitario.

EMILIO J. SÁNCHEZ: El gran negocio de los libros escolares

  • Megaeditoriales se reparten el mercado de libros escolares
  • Se pagan elevados precios por libros que se descartan muy rápido
  • Los textos que se van a usar los eligen los administradores, no los maestros
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El Nuevo Herald, 26 de noviembre, 2015
Al inicio del curso escolar este diario informó que el distrito emplearía más de cuatro millones de dólares en perfeccionar el currículo de enseñanza, la mayor parte de los cuales se dedicaría a libros.

Aunque se desconoce, ya avanzado el calendario, si la promesa fue cumplida, es muy encomiable el propósito de habilitar adecuadamente las aulas. Muchos maestros se quejan de que no disponen de textos, de que son obsoletos y no se ajustan a los programas. Más de uno ha prescindido de él y empleado otros recursos. El libro, sea impreso o digital, siempre será un instrumento imprescindible de la enseñanza.

 Con todo, dedicar millones de dólares a libros exige preguntar: ¿Aprovecharán alumnos y maestros semejante inversión? ¿Cuánto durará su tiempo útil? ¿Y cuál es la empresa que se beneficiará en esta transacción? ¿Quiénes son sus propietarios?

Los libros escolares constituyen un pingüe negocio en el país. Tres grandes corporaciones se reparten el mercado: Pearson, McGraw-Hill y Harper Collins. No se trata de editoriales sino de MEGAEDITORIALES. El caso de Pearson resulta paradigmático. La compañía emplea cerca de 40,000 personas en todo el mundo y en ocasiones llegó a gastar alrededor de $1 millón en cabildeo en el Congreso, y una cantidad similar en los estados.

Asombrosamente, su división de educación, por sí sola, hace más dinero que otras editoriales mundiales. Dos años atrás reportaba ingresos anuales de $500 millones solo en este país. Pearson está en todo y ofrece de todo: manuales, libros de trabajo, ejercitación para exámenes, evaluación de maestros. Y ha demostrado poseer una gran expertise para agenciarse contratos.

 Una extensa y enjundiosa investigación de la publicación Politico de febrero del 2015 (Stephanie Simon, No profit left behind) reveló que directivos de la University of Florida habían desechado ofertas competitivas relacionadas con un proyecto de educación en línea y, a pesar de que Pearson no había tenido buenos resultados en una encomienda anterior, la seleccionaron. Así, la compañía consiguió un nuevo contrato por 10 años por un valor de $186 millones.

Los distritos adquieren, a precios elevados, textos que poco tiempo después descartan. Por ejemplo, un juego del programa de lectura Wonders, de McGraw-Hill cuesta $1,000 en un sitio de internet. ¡Mil dólares! Y los libros por separado pueden rondar los $100. Días atrás hojeé la Guía para el maestro de esa colección (más de 400 páginas) y puedo asegurar que ningún docente en su sano juicio la utilizaría, porque resulta tan complicada, que agobia solo asomarse a sus cuadros, esquemas y flechas de colores. La docena de doctores que la elaboró o avaló con firmas —o el funcionario que la escogió– no tiene la menor idea del quehacer diario de un maestro.

Es predecible su destino. Los closets de las escuelas rebosan de libros inútiles, listos para reciclaje. Ahora, con la revolución digital, se utiliza menos el texto impreso, pero aparecen nuevos renglones de gastos: pizarras, computadoras, tabletas, plataformas y programas. Los recursos digitales disponibles son fabulosos, pero la posibilidad real de usarlos en clase son limitadas. Sencillamente, los maestros no disponen de suficiente tiempo, recargados con numerosos deberes burocráticos. Eso, desde luego, no importa a las editoriales, cuyo catálogo se amplía.

Tiempo atrás los libros no solo pasaban de un curso a otro, sino de una generación a otra. Es cierto que la producción de conocimientos avanza ahora a un ritmo inusual, pero pocos son los nuevos descubrimientos científicos que precisarían incorporarse de inmediato al currículo y menos aún al libro. En todo caso, no se justifica la periódica renovación, sobre todo en ciertas asignaturas (Math, Language Arts, Social Sciences, etc.).

Curiosamente, el maestro de aula permanece ajeno al largo y enrevesado proceso mediante el cual se favorece un título sobre otro, a una editorial sobre otra. Porque no son los usuarios quienes toman la decisión final de adquirirlos, sino los administradores.

¿Cómo es la sinuosa ruta? La Junta Escolar del estado emite una convocatoria para adoptar nuevos materiales académicos según ciertos requisitos. Entonces las editoriales presentan la solicitud para la licitación, elaboran los libros y envían las muestras. El comisionado de educación designa a los miembros de los paneles que revisan los materiales y hacen recomendaciones. Finalmente, la Junta determina cuáles son los que serán adoptados y pone a consideración de los distritos una corta lista de propuestas.

Este es el momento en que los representantes de las editoriales afortunadas zapatean el territorio buscando que sea su propuesta la elegida. El juego es al duro: no son miles de dólares, ni siquiera unos cuantos millones. Se trata de decenas de millones.

El distrito forma una comisión que selecciona, de entre la corta lista recibida, las colecciones que recomienda para adquisición. Pero solo la Junta Escolar local tiene la última palabra según el presupuesto, cuyos fondos asigna el estado. Por fin se firma el contrato… y el dinero fluye. Alivio y brindis.

Nadie propone la guerra a las editoriales, pues ellas tienen una importante misión cultural y educativa. Lo que urge es acabar con este derroche de dinero, simplificar el proceso de adopción y hacer que el libro se adecue más a la dinámica escolar. En el siglo XXI la escuela debería retomar la sencillez de otros tiempos, cuando un solo texto, que muchas veces teníamos que compartir, desataba nuestra curiosidad e imaginación.

Hay textos escolares que recordaremos toda la vida. Guardo en mi memoria los libros de Lectura de Alfredo M. Aguayo, el de Aritmética de Aurelio Baldor, el de Geografía de Leví Marrero… Pero no logro que mi hija, que estudia Medicina, me cite un solo título de sus años escolares.

Periodista, exprofesor universitario

emilscj@gmail.com

 

EMILIO J. SÁNCHEZ: Ser o no ser… ¿bilingüe?

  • Miami no es una ciudad bilingüe; se habla otro idioma, pero falta el dominio de la escritura
  • El bilingüismo puede aportar riqueza spiritual
  • El currículo de enseñanza debe incluir el estudio de otro idioma
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La maestra Yamilé Navarro en una clase bilingüe en Kensington Park Elementary School en Miami. CM GUERRERO el Nuevo Herald

El Nuevo Herald, 8 de octubre, 2015

Hace algunos años, durante una plática en la redacción de el Nuevo Herald, un colega se ufanaba de la integración de sus hijos al melting pot. “Se sienten tan americanos, ¡que no saben hablar español!”, concluía con una enorme sonrisa. Lamentablemente, este no es un caso aislado de torpeza mental.

Muchas familias hispanas sufren el síndrome del inmigrante vergonzante; asocian el idioma español con los pesares que dejaron en sus países de origen. Hablar inglés –y acaso olvidarse del español– es signo de progreso, movilidad social, mejoramiento de estatus. Más allá de la comida típica, no les interesa mantener viva su cultura. Cuando se dirigen a sus hijos, estos les contestan en inglés. No habría que esperar a la tercera generación para ver desaparecer el idioma autóctono: en la segunda ya es un hecho.

Tradicionalmente se afirma que Miami es una ciudad bilingüe porque la mayoría de la población es hispana. Es cierto que se habla mucho español, tanto que esta es quizá la peor ciudad en el mundo para aprender inglés. Con todo, si entendemos por bilingüismo el dominio de dos idiomas (hablar, leer y escribir), deberíamos reconocer el espejismo: somos bastante bilingües (al menos una parte de la población), pero no lo suficiente. Algunos sostienen que lo son aunque su español escrito es pésimo. ¿Y qué decir de los que exhiben un español de carretoneros, mal pronunciado, peor construido y plagado de muletillas y jerga marginal?

Así pues, allí donde exista, se trata de varios niveles de bilingüismo. Ahora bien, con independencia del interés o desinterés de los padres, es responsabilidad del sistema escolar garantizar, mediante programas bilingües, un nivel básico de suficiencia en el que el estudiante sea capaz de manejarse en otra lengua. Digamos, sostener una conversación sencilla, entender lo que escucha y lee, y eventualmente poder escribir, al menos, una carta.

Todos aplauden el estudio de idiomas. Para un graduado, poseer varias lenguas deviene un asset (activo) que le otorga más posibilidades de obtener trabajo en el mundo globalizado. Pero, además, ello significa el privilegio de entrar y salir en diferentes culturas. No solo se trata de que los muchachos puedan conectarse con los abuelos o la familia lejana; ni siquiera que tengan más opciones laborales: el bilingüismo, bien aprovechado, puede aportar una vida más rica desde el punto de vista espiritual.

Sin embargo, mientras la enseñanza de idiomas siga relegada en Estados Unidos nuestros profesionales no podrán competir con los de otros países. Un reciente artículo publicado en la revista The Atlantic se quejaba de la subestimación hacia los idiomas y refería que menos de un 1 por ciento de los adultos estadounidenses son competentes en una lengua extranjera impartida en la escuela. (Amelia Friedman, America’s Lacking Language Skills, 05-12-2015).

A pesar de las apariencias, la Florida no es una excepción. Ello se manifiesta no solo en la escasez de fondos, sino también en las erradas decisiones administrativas a escala local. No hay que asombrarse, por tanto, de que los programas bilingües no funcionen. Y con la insistencia del distrito en imponer el programa Idioma Extranjero Extendido (EFL), que hace aguas por todos lados, tampoco se aprovechan los recursos asignados ($13 millones anuales, según el superintendente Alberto Carvalho).

Últimamente, ponderar el bilingüismo se ha hecho un lugar común entre funcionarios escolares, empresarios, académicos y periodistas. Pero, seamos francos: si de verdad fuera importante, eso se reflejaría en el currículo de enseñanza. Si los maestros no necesitan calificación para enseñar un idioma (y se les suministra un milagroso waiver), no lo es; si los estudiantes afroamericanos quedan excluidos, no lo es; si alumnos de Secundaria y High School deben conformarse con computadoras en vez de docentes, no lo es. Y, por favor, basta de repetir que hay falta de maestros bilingües para tapar las deficiencias: no es cierto y, además, resulta ofensivo en un condado con tantos profesionales capaces.

En otros estados han decidido buscar maestros en el extranjero. Hasta ahora no he visto ningún anuncio en este diario solicitando profesionales bilingües que deseen convertirse en maestros con un salario de $40,000 anuales. Estoy seguro de que se presentarían miles de candidatos.

Periodista, ex profesor universitario

 

EMILIO J. SÁNCHEZ: Otoño de revelaciones

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El Nuevo Herald, 17 de septiembre, 2015

A un mes de la primera reunión de la Task Force (TF) —grupo formado por el distrito escolar para trabajar en temas de enseñanza bilingüe— comienzan a despejarse algunas de las incógnitas del verano.

Las sesiones son cerradas. Por lo visto, la Sunshine Law puede oscurecerse a voluntad. En todo caso, la falta de información provoca rumores (Allport & Postman, 1947); y los secretos, filtraciones (WikiLeaks, 2006). En cuestiones de inteligencia militar se justifica la confidencialidad, pero tratándose del idioma español, tema ventilado ampliamente en la prensa (repárese en la cobertura al último disparate de Donald Trump), esta apuesta por el secretismo y la opacidad resulta rara. ¿Se pretende que la comunidad no esté al tanto? ¿Hay algo que no conviene mostrar?

Siguen sin conocerse los nombres de los integrantes de la “Fuerza”, pero se sabe que la integran alrededor de 30 personas: maestros, directores, líderes comunitarios y padres. La lista inicial era más larga, pero fue recortada buscando probablemente equilibrar representatividad y riesgos. Eso explica que, salvo la Liga de ciudadanos latinoamericanos unidos (LULAC) y el sindicato de maestros (UTD), no estén presentes otras organizaciones que promovieron en mayo el Foro “¡Salvemos nuestro español!”.

Hasta ahora no existen reglamentos, ni siquiera procedimientos de votación. ¿No hacen falta?

El distrito insiste en que toca a la Task Force “desarrollar y ejecutar el programa World Language”. Si eso ocurriera (con solo 15 horas de pláticas), habría que clausurar el departamento bilingüe, pues ese es precisamente su trabajo. Y para mayor confusión, sostiene que la misión de la TF es revamp (actualizar, modernizar, reformar) dicho programa. ¿Cómo hacerlo si aún no está elaborado ni aplicado? Curiosamente, han definido los objetivos del trabajo del grupo, entre ellos, explorar las características de un modelo efectivo del World Language (WLP), identificar los retos de su ejecución y recomendar un curso de acción. Absurdo: ¿qué harán entonces los funcionarios del distrito?

La primera reunión dejó claro, asimismo, que el programa Idioma Extranjero Extendido (EFL), tan cuestionado, no está bajo discusión. El distrito prefiere concentrarse en el futuro. Y el futuro es el ¡World Language Program! Así que, desde ahora y hasta diciembre —a razón de una sesión por mes— estarán ocupados en lo que se presenta como llave maestra de la enseñanza bilingüe.

La idea que han adelantado es que el WLP absorba a otros programas (Español para hispanos y Español como segunda lengua). Esto significa que una maestra de clase enseñará ese idioma a grupos en los que podrían coexistir alumnos con niveles disímiles: desde inmigrantes recién llegados de países hispanohablantes, con notable fluidez, hijos de segunda generación de hispanos, con relativa poca fluidez, hasta negros, blancos, asiáticos y de otras etnias, con fluidez nula. Sin embargo, descartar el carácter diferenciado tanto de la enseñanza como del aprendizaje, y proponer la homogenización del conocimiento, obviando las singularidades de la clase y del grupo, así como de los individuos, es no solo un enorme dislate sino un crimen de lesa pedagogía (¡pobre Comenius!).

Una portavoz del distrito arguyó, en la primera reunión de la TF, que la causa de tal unificación es que ya no existen estudiantes que hablen español (sic), ni siquiera inmigrantes latinos. Empero, no distribuyó ninguna estadística o material de investigación. Es apenas una opinión sin fundamento, como la de cualquier hijo de vecino en la cola de Wal-Mart. (¿Y aún conserva el puesto…?)

Sin embargo, los datos existen, aunque demuestran lo contrario.

Según un análisis de mayo del Pew Research Center sobre el último Censo de EEUU (English Proficiency on the Rise Among Latinos), aumentó el dominio del inglés entre los hispanos. El informe alega que en los últimos 13 años ha disminuido la cantidad de los que hablan español en el hogar (de 78% en el 2000 a 73% en el 2013). Pero, señores, hay que leer más allá del primer párrafo: es solo un 5 por ciento, y eso también significa que 35.8 millones de hispanos lo siguen hablando en casa, cifra de potencial crecimiento. Por otra parte, el centro con sede en Washington reflejó el aumento de la cuantía de personas, no hispanas, que hablan español: casi tres millones. En estados como California, Texas y la Florida, donde el flujo de inmigrantes es permanente, la suma de los que emplean la lengua es mucho mayor, para no referirme al condado Miami-Dade donde el inglés puede tornarse una rareza.

Empieza muy mal un programa que propone la homogeneización de un modelo y se basa en una premisa falsa. Ojalá que la Task Force, cuyo anuncio fue muy bien recibido, haga valer sus criterios y rechace este simulacro. De lo contrario, solo quedará para legitimarlo.

Periodista, ex profesor universitario.

emilscj@gmail.com

EMILIO J. SÁNCHEZ: La biblioteca de Babel en sus dedos

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El Nuevo Herald, 3 de septiembre, 2015

Si usted es de los que suele leer periódicos (cada vez somos menos), quizás este artículo sea de su interés. Pero si pertenece a esa especie en extinción que lee libros —incluso bestsellers o de autoayuda—, estoy seguro de que lo sera.

Jorge Luis Borges imaginaba el Paraíso como biblioteca y escribió un cuento alucinante donde el universo era un eterno, infinito, depositario de libros: La biblioteca de Babel (1941). Relataba que allí se almacenaban todos los libros posibles, los del pasado e incluso los del futuro. Pues bien, semejante maravilla puede que esté por asomarse con HathiTrust, un proyecto colaborativo a gran escala entre bibliotecas de instituciones académicas y de investigación.

Fundado en octubre de 2008 por 13 universidades de la Comisión de Cooperación Institucional y la Universidad de California, participan más de 100 instituciones de Estados Unidos (entre ellas la Universidad de Miami y la Universidad Internacional de la Florida), Canadá, Australia, España y el Líbano. Los costos se comparten entre ellas, y la administración corre a cargo de la Universidad de Indiana y la Universidad de Michigan.

El cuerpo principal del fondo  consta de más de 13 millones de volúmenes (6.8 millones de libros), copias escaneadas de materiales impresos. Su acceso es gratuito a través de internet y hay servicio para personas con discapacidad visual o dificultades para la lectura.

HathiTrust sirve principalmente a miembros de sus bibliotecas socias (profesores, estudiantes y usuarios), pero sus materiales están a disposición de cualquiera, de acuerdo con las leyes y contratos vigentes.

Su ciclópea y noble misión es contribuir a la investigación, recopilación, organización, preservación y difusión del conocimiento, lo cual supone digitalizar millones de documentos a través de Google Books y bibliotecas locales. La Universidad de Michigan es la sede de la infraestructura donde se conserva y hace accesible el contenido digital depositado por los socios.

Resulta difícil calcular la repercusión de este proyecto en términos de democratización del saber y universalización del conocimiento y la cultura.

Por lo pronto, deja atrás cualquier cavilación de aldea global o sociedad de la información. En la mítica Biblioteca de Alejandría pretendían recopilar  “los libros de todos los pueblos de la tierra” y calcularon que serían cerca de 500,000 volúmenes. A HathiTrust le falta mucho para esa cifra, pero su incuestionable superioridad radica en su potencial impacto en las vidas de millones de lectores.

La mayor parte de los fondos se encuentra en inglés (50.29 por ciento). En otros idiomas la cantidad es menor: alemán (9.33 %), francés (7.33 %), español (4.32 %). El 38% está disponible al público en general; y el 62% es de acceso restringido, para investigadores y académicos. La casi totalidad de los títulos fechados entre 1500 y 1919 son abiertos. Aquellos que van desde 1920 hasta nuestros días, mayormente limitados.

Deléitese a sus anchas: puede leer en su idioma original a Stendhal, Balzac, Víctor Hugo, Flaubert, Zola y Proust; al igual que a Melville, Twain, Chesterton, Joyce y T. S. Eliot. En español hay miles de obras de los clásicos: desde Cervantes, Góngora y Quevedo hasta Unamuno, Blasco Ibáñez y Azorín. Los cubanos pueden darse un verdadero banquete con títulos virtualmente desconocidos o inaccesibles.

¿Ejemplos? Carmela, de Ramón Meza; A pie y descalzo, de Ramón Roa; Un hombre de negocios, de Nicolás Heredia; Tembladera, de José Antonio Ramos; La familia Unzúazu, de Martín Morúa Delgado; La manigua sentimental, de Jesús Castellanos, entre otros. Con todo, les aseguro que revisar el catálogo —por temáticas, autores o títulos— puede depararles agradables sorpresas y alargarles el desvelo.

HathiTrust se torna un recurso de inestimable valor para los profesores de humanidades de las universidades y colleges, como también para los maestros de escuelas primarias y secundarias, especialmente los de idiomas. No se trata sólo ni tanto de la capacitación de los propios docentes: ahora se ensancha la posibilidad de realizar proyectos de investigación con los estudiantes para profundizar, mediante tecnología actual, en el conocimiento sobre países, culturas, temáticas, etapas históricas y corrientes de pensamiento, artísticas y literarias.

En honor a la verdad, no solo hay que agradecer a Google, a la universidad de Michigan y al resto de los participantes por este tesoro. Es admirable constatar la generosa tradición de las universidades estadounidenses para adquirir y cuidar la cultura universal para la posteridad. Sin ellas, no sería posible el proyecto.

Hathi, en urdu, significa elefante, un animal al que se le relaciona con la buena memoria. No habría mejor nombre, puesto que se trata de rescatar, preservar y compartir la memoria de la humanidad. Borges, bibliotecario, estaría feliz.

Este es el sitio, adonde puede llegar desde su computadora, tableta o teléfono digital: http://www.hathitrust.org/

Agradecería que regalaran la buena nueva a amigos. Ya lo hice con los míos.

Periodista, exprofesor universitario.

emilscj@gmail.com; www.sehablaespanolblog.wordpress.com

OPPENHEIMER: El último disparate de Trump

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El Nuevo Herald, 5 de septiembre del 2015

La crítica del aspirante presidencial republicano Donald Trump a su rival Jeb Bush por hablar español durante un acto de campaña en Miami la semana pasada fue — para usar una de las palabras favoritas de Trump — estúpida.

De hecho, los políticos estadounidenses, y los estadounidenses en general, deberían hablar más — no menos — español. Y más mandarín, y más hindi, y más alemán y francés también. En un mundo globalizado, en el que el aislamiento conduce al atraso, los estadounidenses deberían estar aprendiendo a hablar más idiomas extranjeros.

Trump, cuyas diatribas contra los inmigrantes indocumentados mexicanos le han ayudado a ganar la atención nacional y convertirse en el favorito de la contienda republicana, dijo el 2 de septiembre que el ex gobernador de Florida Jeb Bush “debería sentar un ejemplo hablando inglés mientras esté en los Estados Unidos”.

Bush, quien habla bien el español y cuya esposa nació y se crió en México, dijo poco después del cometario de Trump que seguirá hablando español cuando le de la gana, y sugirió que la idea de Trump de que la gente solo hable inglés en Estados Unidos podría ser peligrosa.

“Llevando esto a un extremo, supongo, no habría más clases de francés en las escuelas públicas… ‘Alemán, no podemos tener eso. Solo se puede hablar Inglés’”, ironizó Bush, según lo citó la agencia de noticias Reuters. “El inglés es el idioma de nuestro país y las personas que vienen a este país necesitan aprender inglés. (Pero) eso no quiere decir que deban dejar de hablar su lengua materna”.

Como era de esperarse, la pelea de Trump versus Bush sobre el uso del inglés se convirtió rápidamente en un tema candente en las redes sociales.

Los partidarios de Trump dijeron que si los inmigrantes no hablan inglés, nunca lo van a aprender. Además, dijeron, la mayor parte del mundo ya habla inglés como segunda lengua, por lo que los estadounidenses no tendrían que perder el sueño por no hablar otros idiomas.

Los partidarios de Bush respondieron que los inmigrantes hispanos hablan cada vez más inglés. Según un estudio del 2013 del Pew Research Center, el 68 por ciento de todos los hispanos mayores de cinco años habla inglés fluidamente, mientras que el porcentaje era de un 59 por ciento hace 15 años.

Aunque muchos inmigrantes hispanos de mayor edad todavía pueden no hablar inglés de manera fluida, prácticamente todos los niños criados en los Estados Unidos hablan inglés. Casi 8 de cada 10 jóvenes hispanos menores de 18 años hablan ambos idiomas con fluidez, según la Oficina del Censo de Estados Unidos.

En cuanto a la afirmación del bando de Trump de que los estadounidenses no deberían preocuparse demasiado por hablar otras lenguas, ya que el inglés se ha convertido en el lenguaje número 1 en el mundo, los críticos respondieron que los países anglosajones ya no dominan la economía mundial como antes.

“La economía mundial se está desplazando hacia fuera del mundo de habla inglesa”, dice un informe del 26 de junio del 2012 del Consejo de Relaciones Exteriores, uno de los principales centros de estudios de Washington D.C. “Desde 1975, la proporción que habla inglés del PIB mundial ha caído significativamente, y continuará a cayendo”.

El informe agrega que se espera que la economía de China supere a la de Estados Unidos pronto — bajo algunos parámetros, eso ya está pasando — y que América Latina y el sur de Asia representan una porción cada vez mayor del comercio mundial.

“El crecimiento futuro de Estados Unidos dependerá cada vez más de la exportación de bienes y servicios estadounidenses a consumidores extranjeros que no hablan necesariamente inglés”, añade el informe. “Según un viejo proverbio, uno puede comprar en cualquier idioma, pero para vender hay que hablar el idioma del cliente”.

Mi opinión: Estados Unidos ya está en desventaja con otros países industrializados cuando se trata de hablar lenguas extranjeras. Las encuestas muestran que los estadounidenses hablan muchos menos idiomas extranjeros que los alemanes, suecos, daneses o los ciudadanos de otros países europeos.

Lo que es peor, la enseñanza de idiomas extranjeros — incluyendo el español — está cayendo en Estados Unidos.

Según un nuevo estudio de la Asociación de Lenguas Modernas, la matrícula en cursos de lenguas extranjeras en las universidades de Estados Unidos ha disminuido en un 6.7 por ciento desde el 2009, después de más de tres décadas de aumentar constantemente. La inscripción en cursos de español cayó un 8.2 por ciento (la primera caída desde 1958), dice el estudio.

Lo que dijo Trump es un disparate. Estados Unidos perderá competitividad en una economía cada vez más globalizada si su población no habla idiomas extranjeros. Si Trump quiere “reconstruir” a Estados Unidos, como suele decir, debería empezar cuanto antes a aprender español o algún otro idioma extranjero, y hablarlo cuando y donde le sea posible.

……….

The Miami Herald, September 5, 2015

Andres Oppenheimer: Trump is wrong; U.S. should speak more languages

Republican presidential hopeful Donald Trump’s criticism of fellow contender Jeb Bush for speaking in Spanish during a campaign rally in Miami last week was — to use one of Trump’s favorite words — stupid.

In fact, U.S. politicians, and Americans in general, should be speaking more Spanish. And more Chinese, and more Hindi, and more German and French as well. In a globalized world, in which isolationism leads to backwardness, Americans should increasingly be learning and speaking more foreign languages.

Trump, whose diatribes against Mexican undocumented immigrants and free trade have helped him gain national attention and become the front-runner in the Republican race, said Sept. 2 that former Florida governor Bush “should really set the example by speaking English while in the United States.”

Bush, a fluent Spanish-speaker whose wife was born and raised in Mexico, vowed to keep speaking Spanish whenever he feels like it, and suggested that Trump’s idea that people should speak only English in the United States could hurt this country.

“Taking this to the logical conclusion, I guess, no more French classes for public schools? ‘German, no we can’t have that. You can only speak English,’” Bush was quoted as saying by the Reuters news agency. “I mean English is the language of our country and people that come to this country need to learn English. That doesn’t mean they should stop speaking their native tongue.”

As was to be expected, the Trump-Bush spat over the use of English immediately became a hot topic in social media.

Trump supporters, echoing their candidate, said that if immigrants don’t speak English, they will never learn it. In addition, most of the world already speaks English as a second language anyway, so U.S. citizens should not lose much sleep over not speaking other languages, some argued.

Trump critics countered that English proficiency among Latinos is rising, while immigration from Mexico has declined significantly in recent years. According to a 2013 Pew Research Center study, 68 percent of all Hispanics aged 5 and over are fluent in English, up from 59 percent in 2000.

While older Hispanic immigrants may still not be fluent in English, almost eight in 10 of young Hispanics under 18 are fluent in both languages, according to the U.S. Census American Community Survey.

Regarding the Trump camp’s claim that Americans should not worry too much about foreign languages because English has become the world’s No. 1 language, critics counter that English-speaking countries no longer dominate the world economy.

Indeed, the Council on Foreign Relations, a major Washington-D.C. think tank, concluded in a June 26, 2012, policy memorandum that “the global economy is shifting away from the English-speaking world. Since 1975, the English-speaking share of the global GDP has fallen significantly, and will continue to fall.”

The report adds that China’s economy is expected to surpass the U.S. economy soon – by some measures, it already has – and that Latin America and South Asia are accounting for an increasingly larger share of global trade.

“Future U.S. growth will increasingly depend on selling U.S. goods and services to foreign consumers who do not necessarily speak English,” the report adds.”It is an old adage that you can buy in any language, but you must sell in the language of your customer.”

My opinion: The United States is already at a disadvantage with other industrialized countries when it comes to proficiency in foreign languages. Surveys show that there are much fewer Americans who speak a foreign language than Germans, Swedes, Danes or most other European nations.

What’s worse, instruction of foreign languages – including Spanish – is falling in the United States. According to a new report by the Modern Languages Association of America, enrollment in foreign language courses in U.S. colleges has fallen by 6.7% since a previous survey in 2009, after more than three decades of steady increases.

Enrollment in Spanish courses fell by 8.2 percent over the same period (the first fall since 1958,) while enrollment in French classes dropped by 8.1 percent, in Arabic by 7.5 percent, and in Russian by 17.9 percent, the survey says.

Trump got it all wrong. The United States will lose competitiveness in an increasingly global economy if its population does not speak foreign languages. If Trump wants to “make America great again,” as his campaign slogan reads, he should learn Spanish, and other languages, and start speaking them as often as he can.